Filosofía · 6 minutos
Trabajaste mucho. Pero ¿fue solo eso?
Reconocer la suerte no borra el esfuerzo. Solo impide que cuente por sí solo una historia que nunca fue producida por una única causa.
Cuando llega un logro, el esfuerzo ocupa el primer plano. Recuerdas las horas, las renuncias, las decisiones difíciles y los días en que seguir adelante exigió más de lo que los demás podían ver. Ese recuerdo es verdadero. El problema empieza cuando una parte verdadera de la historia comienza a funcionar como si fuera la historia entera.
El trabajo no eligió el cuerpo a través del cual se realizó, la época en la que encontró valor, las personas que abrieron o cerraron caminos ni los acontecimientos que podrían haberlo interrumpido todo. Ninguna de esas condiciones elimina lo que hiciste. Solo participaron en el alcance que pudo tener aquello que hiciste.
Dos personas pueden trabajar con seriedad y terminar en lugares muy distintos. La diferencia puede incluir competencia, disciplina y criterio. También puede incluir salud, seguridad, oportunidades, encuentros, el momento adecuado y decisiones tomadas por otras personas. El resultado final mezcla esas causas; nuestro relato suele separarlas en favor de aquella que nos pertenece.
Es comprensible. Vivimos nuestro propio esfuerzo por dentro, pero casi siempre conocemos las circunstancias solo cuando fallan. Mientras el cuerpo responde, el mercado existe y las personas adecuadas permanecen, todo eso parece un escenario. La acción individual parece protagonista porque es la única parte de la historia cuya intensidad sentimos directamente.
Decir que tuviste suerte no significa decir que no trabajaste. Significa reconocer que tu trabajo encontró un mundo capaz de recibirlo, amplificarlo y convertirlo en un resultado determinado. Puedes haber sido decisivo sin haber sido suficiente. El mérito sigue existiendo; lo que desaparece es su pretensión de ocupar por sí solo el centro de la explicación.
Hay preguntas que siguen trabajando en nosotros después de que el texto termina. Solo Tuviste Suerte nació de una de ellas.